Urbanización

CRISIS DE SUSTENTABILIDAD E INJUSTICIA SOCIOAMBIENTAL EN LOS PROCESOS DE URBANIZACIÓN DEL CENTRO DE MÉXICO

Andrés Barreda Marín

1. Antecedentes de nuestra crisis urbana

La condición subordinada y dependiente que a lo largo del siglo XX padeció México se reflejó, entre muchas otras cosas, en un proceso de industrialización que, desde su comienzo en los años treinta (etapa de sustitución de importaciones), hasta su consolidación en los años setenta y ochenta, ha mostrado una proclividad estructural por la superconcentración de la industria en la ciudad de México (hasta el 50% nacional). Concentración que históricamente refuerza y arrastra las demás funciones económicas (comerciales, financieras, de servicios, etc.), políticas y culturales de la capital del país.

Ello produjo una relación campo-ciudad extremadamente desequilibrada y perversa, que tomó como base la subvención de los procesos de urbanización e industrialización mediante el pago de una energía barata (la nacionalización de la industria petrolera y eléctrica), la entrega completamente gratuita de sus servicios ambientales rurales al gran metabolismo urbano, y el pago de salarios muy bajos, que descansaba en la posibilidad de obtener alimentos muy económicos por la forma en que el Estado obligaba a que campesinos estructuralmente pobres vendieran sus productos a la gran ciudad siempre por debajo de su valor.

En función de ello, la capital del país se convirtió, de manera enfermiza, en el centro radial de todas las infraestructuras de comunicaciones, transportes, energía y agua. Centralismo extremo que adicionalmente impidió el desarrollo autónomo y complementario de otras regiones urabnas e industriales.

No obstante, durante el neoliberalismo -pero sobre todo durante la era de los tratados de libre comercio que comenzaron con la firma del TLCAN-, México sufrió un relativo proceso de desindustrialización. Aún así, el crecimiento urbano no sólo se mantuvo, sino que avanzó aceleradamente, pues a la desindustrialización se sumaba la aplicación de estrictas políticas económicas enfocadas de manera dolosa en la descampesinización del país. Esto generó un flujo adicional de población del campo a las ciudades, que ni la elevada emigración hacia Estados Unidos pudo contrarrestar, aunque para los años noventa este movimiento migratorio ya se había convertido en el principal flujo de población del mundo.

Al proceso de abandono del campo, se suman otras casuas que apuntalan el crecimiento de la ciudad de México -convertida ya en la segunda ciudad más grande del planeta- y que también explican el crecimiento acelerado de muchas otras ciudades del país. La reproducción de la misma población urbana, por la terciarización de la economía, por la privatización exhaustiva de los servicios urbanos, por la desregulación ambiental, por el deterioro y la severa corrupción de la clase política encargada de aplicar las políticas de desarrollo regional y urbano o por la especulación inmobiliaria, todos estos factores convergen para incentivar una extraordinaria efervescencia urbana.

Como resultado de ello, el crecimiento de la ciudad capital, que por un momento los urbanistas supusieron había llegado a término, en realidad sólo estaba desplazando una parte sustantiva de su inusitada fuerza centralizadora hacia su nueva y agresiva corona de ciudades y ayuntamientos que la rodean, aunque también hacia muchas otras ciudades grandes o intermedias del país.

Al retomar los peores vicios del modo mexicano de acumular capital, el Tratado de Libre Comercio de America del Norte (TLCAN) fue diseñado desde su origen tomando como las principales ventajas comparativas de la economía nacional el bajo precio de la mano de obra y la desregulación ambiental. Ello convirtió al país en un destino atractivo para numerosos capitales internacionales interesados en la depredación.

No obstante, con el ingreso de China en la Organización Mundial de Comercio a inicios de la última década, la nueva potencia retoma con fuerza su viejo liderazgo internacional en la industria maquiladora. Lo que echa por tierra la fantasiosa estratégia de convertir a México en un paríso mundial de sobrexplotación de los trabajadores. Si bien, a partir de este momento el único factor estratégico real de gran atractivo para el capital transnacional será la baja o casi nula regulación ambiental del país. Lo que coincide, entre otras calamidades, con el periodo en que Estados Unidos se opone con extraordinaria firmeza a la regulación internacional de las emisiones de gases con efecto de invernadero.

En dicho contexto, los numerosos factores dislocantes de la vida urbana y el medio ambiente que se habían acumulado en México durante las últimas décadas, terminaron por salirse de cauce. Pues durante este último periodo se da rienda suelta a la privatización de la construcción de vivienda del llamado “interes social”; a la sobreexplotación y contaminación de los recursos hídricos, así como a la privatización de los sistemas operadores de agua y los servicios de recolección, tratamiento y confinación de basura; a la privatización de los servicios de transporte, comunicaciones, salud y educación pública, seguridad social (pensiones, privatización de la deuda, etc.), segurdad pública y recreación. Todo lo cual hace que, finalmente, estalle una gran crisis en la mayor parte de las ciudades mexicanas.

 

2. Imagen de nuestra crisis urbana actual

Como ocurre en la actualidad en una enorme cantidad de ciudades del mundo, las principales ciudades de México sufren una crisis de sustentablidad socioambiental ocasionada por la acumulación y convergencia de varios procesos de destrucción de recursos naturales, de crecimiento extremo de su población, del desempleo y marginación, de la ruptura neoliberal de los tejidos comunitarios y las normas de convivencia, de la alteración autoritaria del uso del suelo, así como por la acumulación y sinergia de problemas de salud altamente riesgosos e imprevisibles

Estos procesos de destrucción responden a múltiples procesos de sobre-acumulación de riqueza urbana que se vuelven abrumadoramente visibles desde el sexenio pasado (2000-2006), cuando proliferó en el centro del país la contrucción privada y el crecimiento desbocado de millones de “efímeras” casas pequeñas para las mal llamadas unidades habitacionales de “interés social”, lo que dio lugar a la creación de nuevos centros urbanos carentes de equipamiento y servicios comunitarios (escuelas, centros de cultura y deportes, parques, edificios públicos, mercados, iglesias, etc.), pero ricos en nuevos centros comerciales propiedad de empresas transnacionales, (sea a la manera de grandes malls, cadenas de tiendas de conveniencia, restaurantes, papelerías, tlapalerías, etc.) Pero también proliferó el emplazamiento de corredores de nuevos hoteles y todo tipo de instalaciones turísticas como balnearios, parques de diversiones “temáticos”, casinos, centros de apuestas deportivas, clubes de golf, junto con el emplazamiento y la ampliación de todo tipo de universidades privadas.

En concordancia con lo anterior se observa también un desbordamiento del parque vehicular, la construcción de numerosas carreteras, libramientos periurbanos, segundos pisos de grandes avenidas, distribuidores viales, nuevas estaciones de gasolina y gas, la ampliación e internacionalización de los aeropuertos, minas para extraer materiales no metálicos de construcción (cemento, cal, arena, arcillas, etc.), emplazamiento por doquier de peligrosas antenas de transmisión para telefonía celular, la invasión de anuncios espectaculares y la producción inmetabolizable de todo tipo de contaminantes, entre los cuales sobresalen las aguas servidas y los miles de toneladas diarias de basura sólida que contaminan las aguas superficiales y profundas de la región; las tierras fértiles y todos los aires del entorno urbano. Por lo mismo, el proceso lo coronan la proliferación descontrolada de tiraderos de basura a cielo abierto, la creación de gigantescos rellenos sanitarios privados y la promoción de problemáticos incineradores de basura.

Como la reina más cruel de todas, la ciudad de México actualmente se corona con las inmensas nuevas ciudades que resultan de la fusión de Puebla, Tlaxcala y Apizaco (ya la cuarta mancha urbana más grande de México), o por la fusión de Cuautla, Yautepec, Cuernavaca y Tepoztlan, si bien otras inmensas ciudades como Toluca y algunas no tan grandes como Atlacomulco, Tulancingo, Tula y Atlixco también forman parte de esta corona. Todas ellas, ciudades en procesos descontrolados de gran crecimiento. La corona también está conformada por otros pueblos menores, y municipios que no sólo rodean la descomunal ciudad de México, sino cada una de estas nuevas grandes metrópolis aledañas. Es así como puede entenderse que, mientras en la mancha central viven ya cerca de 22 millones de personas, en la corona se encuentran alrededor de 8 millones más.

El resultado de conjunto que se observa no sólo es el crecimiento fuera de control que ya caracteriza la mayor parte de las ciudades de todo el país, sino la convergencia de la mayor parte de los procesos de destrucción y expropiación del espacio rural que sobrevive entre la ciudad de México y la corona, así como en la parte exterior de ésta. Así, en este espacio nacional se sufren todas las dinámicas de sometimiento y destrucción que la ciudad ejerce sobre el campo, en mayor extensión y de la peor manera, porque es en dicha corona donde convergen con gran fuerza los procesos de expulsión de la sobrepoblación nacida dentro de la ciudad de México, con la afluencia hacia el centro del país de una parte de los nuevos inmigrantes de provincia y sobre todo rurales.

En esta inmensa corona también ocurre uno de los saqueos más virulentos de recursos rurales y servicios ambientales (aguas limpias, bosques, tierras fértiles, climas, biodiversidad, barrancas, etc.), así como el dislocamiento, contaminación y destrucción por la eyección de los cuantiosos detritus procedentes del metabolismo urbano (trasvases, muerte e intoxicación de ríos, acuíferos, lagos, presas, contaminación de aire, pérdida de barrancas por acumulación de basuras sólidas, entre otros).

Así, en esta región central del país ocurre todavía, como hace cinco siglos, la expansión urbana a costa de las tierras campesinas e indígenas, y de las condiciones naturales de vida de estos pueblos, muy especialmente aplicada en contra de todos los derechos de las comunidades nahuas, ñañus, mazahuas y tlahuicas del Distrito Federal y de los estados de México, Morelos, Puebla, Tlaxcala e Hidalgo; aunque obviamente, fenómenos análogos o peores se observan en Querétaro, Michoacán, Guanajuato, Jalisco, etc. Regiones rurales que se ven obligadas a entregar sus reservas milenarias de agua superficial y profunda, sus tierras agrícolas fértiles, sus bosques, sus humedales, su biodiversidad y sus conocimientos tradicionales al crecimiento urbano, mientras a cambio reciben discriminación racial junto con los detritus putrefactos ya descritos, procedentes de los metabolismos citadinos e industriales.

De la acción combinada de lo anterior, resulta la destrucción sistemática de campos de cultivo, la deforestación de las últimas reservas de bosques en las periferias urbanas (incluso de las areas naturales protegidas), la destrucción de las últimas zonas de recarga de acuíferos, ríos y manantiales, así como la destrucción de los últimos sistemas naturales de purificación de aguas y aires que sobreviven en la región, pérdida de biodiversidad (incluso endémica), a lo que se suma el levantamiento de numerosas zonas de veda de agua y la consiguiente perforación de nuevos pozos que sobreexplotan los acuíferos.

Pero también es muy importante observar que, entreverada con toda esta degradación de la naturaleza, no sólo ocurre la progresiva destrucción del hábitat y del derecho de los ciudadanos rurales, sino también la progresiva destrucción de los propios habitantes de las ciudades mayores y menores, quienes pierden sus derechos sobre los lugares que habitan. Esto ocasiona que diversos grupos de población, sobre todo los más indefensos y vulnerables, padezcan severos colapsos sociales y ambientales, así como un deterioro alarmante (pero dolosamente invisible) de su salud. Precarización de la calidad de la vida que estimula una expansión y una acumulación del descontento social en numerosas ciudades de México.

 

3. Sobreacumulación y crisis de las ciudades mexicanas

El paradójico crecimiento incontrolado de las ciudades mexicanas dentro del contexto histórico nacional de desindustrialización, descampesinización, privatización de las infraestructuras y recursos naturales estratégicos, sólo se explica cuando se tiene en cuenta la forma en que el neoliberalismo se estructuró a nivel mundial, como una huida histórica a la caída tendencial de las tasas de ganancia, mediante la aplicación desbocada de todo tipo de contrarestos (elevación de la tasa de explotación del plusvalor, sobrexplotación, abaratamiento del capital constante, sobrepoblación, expanción del mercado mundial y crecimiento del captal accionario). Esta aplicación propició un proceso de sobreacumulación permanente de excedentes y riquezas materiales nunca antes visto en los grandes capitales de América del Norte, China y otras regiones claves del Hemsiferio Norte.

Esta producción y acumulación inédita de riquezas ha conducido a todo el mundo a la saturación de todas las posibilidades de mantener en pie los procesos de “valorización del valor” y de apropiación de ganancias que garantizan las tasas previamente establecidas. Por dicho motivo, durante las últimas dos décadas se ha observado una intensa búsqueda de nuevos espacios de inversión, al desarrollar nuevas tenologías, ampliar la división del trabajo, expandir los territorios geográficos de la acumulación, ampliar las formas del consumo, y manipular el cuerpo de la naturaleza y de las personas, etc.

Una parte sustantiva de esta huida hacia adelante es la sobreacumulación de capitales que buscan desahogarse mediante la construcción de todo tipo de infraestructuras globales (redes de carreteras, electroinformáticas, de fibra óptica, redes hídricas, eléctricas, petroleras, etc.), la integración mundial de grandes industrias tradicionales (automotriz, aviación, construcción, química y petroquímica, etc.), las llamadas tecnologías de punta (electroinformática, ingeniería genética, ingeniería de materiales, nanotecnología, nuevas medicinas y geoingenierías), así como el establecimiento de nuevas formas globales de producción agropecuaria y forestal (de alimentos y forrajes transgénicos, agrocombustibles, todo tipo de plantaciones, etc.)

Como la captación de excedentes mundiales durante las dos últimas décadas alcanza los ritmos de crecimiento más altos de todos los tiempos y como todas estas industrias y capitales concentran sus obras, infraestructuras y mercados en los principales centros urbanos del mundo, que no son sino los principales nodos de las redes de la articulación global, el crecimiento de las ciudades se convierte en uno de los principales canales de desahogo o, si se prefiere, en un espejo crucial de la sobreacumulación estructural del neoliberalismo.

Por ello, aunque México pierde su soberanía energética, alimentaira, demográfica, militar, ambiental; aunque la masa de desempleados y miserables crece exponencialmente; aunque la destrución ambiental del país llega a niveles nunca vistos; los más poderosos capitales transnacionales del mundo realizan jugosos negocios en México, mientras los más importantes y deformes capitales mexicanos también se consolidan y especializan durante este periodo como unos de los principales rematadores globales de las poderosas empresas públicas nacionales (del petróleo, la electricidad, el agua, las carreteras, etc.), como los principales vendedores mundiales de llamadas telefónicas (TELMEX) o como los grandes usufructuarios anuales de 22 mil millones de dólares, principal flujo mundial de remesas de los trabajadores asalariados. Ambos negocios, consecuencia directa de habernos convertido en los principales vendedores mundiales de la soberanía demográfica.

México, hay que reconocerlo, hizo un esfuerzo tremendo por convertirse en el principal vendedor mundial de la industria maquiladora. Si bien este esfuerzo por colocarnos en la cima de la superexplotación mundial fue derrocado, como ya dijimos más arriba, por la aplastante competencia china que se desató con su ingreso en la OMC. Esta derrota no desanimó a la burguesía mexicana, pues en realidad logró también vender con mucho éxito la soberanía ambiental del país. Al manipular implacablemente todas nuestras legislaciones ambientales ha logrado convertir nuestra nación en uno de los lugares más atractivos del mundo para todos los capitales que requieran producir y comercializar productos sin tener que cumplir con las engorrosas restricciones ambientales. En concordancia con lo antrerior, México también logró recortar al máximo las leyes y reglamentos que protegen el cuerpo y la salud de los consumidores. De manera que esta otra entrega de nuestra soberanía como consumidores, no sólo reforzó la entrega de la soberanía sobre nuestros recursos estratégicos (energía, agua, biodiversidad, territorio, etc.), sino que además hizo de México un paraíso para la expansión urabana de los principales capitales comerciales del mundo.

Por ello, bajo las condiciones extraordinarias del libre comercio y el crecimiento urbano descontrolado se facilitó de modo natural el desarrollo extraordinario de algunas industrias nacionales como el cemento (CEMEX), la venta de refrescos azucarados, aguas embotelladas y cervezas (FEMSA, Modelo, etc.), de alimentos tradicionales mexicanos muy degradados (MASECA), la venta elevada de bienes suntuarios y electrodomésticos (ELECTRA, Liverpool, Palacio de Hierro), la venta de programas de televisión (Televisa y TV Azteca), etc. Mientras otras partes importantes del capital nacional sencillamente se refugiaron en la especulación inmobiliaria o bien al interior de la economía informal o criminal.

La concentración de riqueza en las grandes ciudades globales de México responde entonces a la sobreacumulación global y a la integración electroinformática e intermodal de campos, industrias y servicios; a la exportación masiva y a la adicción consumista a las mercancías procedentes del Norte (Walmart, Cosco, Carrefour, etc.); al uso indiscriminado de insumos químicos y transgénicos en la agricultura, la ganadería, la silvicultura o la acuacultura. Pero también responde a la privatización y desnacionalización exahustiva de las infraestructuras, los recursos naturales y los servicios públicos.

 

Por lo anterior, las ciudades en México crecieron de una manera inusual, deforme y desequilibrada durante las décadas de la llamada sustitución de importaciones, pero también durante la crisis de este modelo en los años ochenta y durante el recambio industrial del TLCAN. Es decir, durante la desindustrialización y descampesinización de los años noventa. Pero crecen también con la exportación de migrantes, el desempleo, la marginación, la desnacionalización de las infraestructuras y los recursos estratégicos. Crecen siempre. Incansablemente. No importa cuándo; durante el auge económico, durante el estancamiento o durante los periodos de crisis franca.

Ello puede observarse cuando las ciudades mexicanas siguieron creciendo al estallar las diversas crisis mundiales de los años noventa, periodo en el cual el sector inmobiliario curiosamente se volvió un área de refugio preferida por la sobreacumulación de los capitales internacionales. Con la contracción de la industria electroinformática, eléctrica y de la aviación estadounidense de 2002, numerosos capitales –en búsqueda de ganancias fáciles– se refugiaron en negocios de especulación urbana, biocombustibles y petróleo. Justamente durante este periodo floreció en México la construcción de viviendas de “inetrés social” (Casas Geo, Ara, Homex, etc.), así como la compra y especulación de terrenos para la construcción de inemnsas unidades habitacionales y otro tipo de bienes inmobiliarios, mientras la quiebra de los asalariados mexicanos lleva en 2006 a la compra financiera transnacional de la deuda popular de vivienda en manos del Fovissste y el Infonavit.

Cuando finalmente, en la segunda mitad de 2008, estalla la crisis de las hipotecas de vivienda en Estados Unidos, cuando se desencadena la crisis financiera global y los principales poderes económicos y políticos del mundo se deciden a confesar francamente la enorme recesión mundial que embarga la industria automotriz, minera, etc., en concordancia con el agravamiento de la crisis ecológica mundial por el calentamiento global, las principales áreas de rescate financiero estatal en México vuleven a concentrarse en el impulso central de todas las obras enfocadas a la construcción de carreteras, vivienda, inmobiliarias, etc.

A la manera de un tejido canceroso, las manchas urbanas de México crecen con más fuerza conforme más débil y desorganizada se encuentra la economía, la política y la sociedad. Pues aunque en nuestro país se especula financiera y políticamente con la elaboración crónica de planes exagerados que raramente se cumplen (¿quién se acuerda ya de los proyectos de carretera inteligente del TLCAN de Carlos Salinas, los planes de corredores de integración urbano regional de Ernesto Zedillo o el Plan Puebla Panamá de Vicente Fox?), un proceso de corrupción política y económica permanente, así como una sistemática destrucción de los tejidos comunitarios garantiza el avance desordenado y caótico de nuestras descomunales ciudades.

Aunque los beneficiarios de estos procesos de crecimiento urbano son unos pocos grupos de empresarios nacionales y transnacionales, así como los políticos y obispos del más alto nivel, los resultados globales de estas dinámicas de urbanización no responden a un proyecto planificado, racional y calculado, sino a un incontrolado y caótico proceso nacional e internacional de acumulación, saqueo y de urbanización globalizada, cuyas causas motoras son:

1. Como resultado del TLCAN, ocurre un fracaso y acotamiento del proyecto industrial maquilador de los años noventa, así como la alta automatización de los pocos centros industriales globalizados (automotriz, electroinformático, vidrio, cemento, etc.), que no merma las principales dinámicas nacionales de desempleo. En su lugar, prospera una alta concentración de inversión privada en el comercio suntuario y los servicios, sobre todo en el terreno de la especulación financiera e inmobiliaria.

2. La descampesinización agresiva y en masa que se agrava de forma severa con la criminalización del creciente flujo de emigrantes hacia las ciudades del interior del país y hacia Estados Unidos. Lo que, de manera perversa, convierte la pérdida de soberanía alimentaria y laboral en una de las principales fuentes de ingresos de los exportadores estadounidenses de alimentos, los comerciantes de llamadas telefónicas, programas de televisión y los intermediadores de remesas. Ello eleva, densifica y complica, como nunca antes, el flujo migratorio de mexicanos, al que se suma el flujo transmigratorio de centroamericanos.

3. El flujo de inmigrantes hacia el Norte que a su vez necesita someterse a los caprichos de la demanda de mano de obra de la economía norteamericana, la cual aunque requiere de decenas de millones de trabajadores que sustituyan a la envejecida población trabajadora nativa, así como la eventual demanda de mano de obra en el sector de la construcción inmobiliaria; debe cerrar sus fronteras durante los severos periodos de recesión económica. Lo que implica una exacerbación de la militarización de la frontera y la criminalización extrema de los últimos inmigrantes.

4. Entre tanto, las ciudades de México que reciben los flujos de emigrantes rurales (que han aumentado por el colapso de la frontera norte) son aquellas en las cuales ocurre desde hace varios años la destrucción de gran parte de las cadenas industriales, con excepción de las industrias más altamente tecnificadas de las regiones de Puebla-Tlaxacala, Toluca y Naucalpan, Ecatepec y Tlanepantla , o bien las ramas artificialmente infladas por la construcción de vivienda y las redes de comunicación, transporte, energía o agua.

5. Junto con las remesas enviadas por decenas de millones de emigrantes mexicanos, la economía informal en las ciudades y la economía criminal del país se convierten en las principales válvulas de escape de una economía nacional carente de una verdadera base productiva soberana y generadora de empleo.

6. La caótica urbanización imperante también se alimenta de la actual privatización generalizada de las principales infraestructuras estratégicas (carreteras, ferocarriles, puertos marítimos y aéreos, satélites, electricidad, hidrocarburos, etc.) y de los servicios públicos urbanos (como los organismos operadores de agua, los basureros, la seguridad pública, la construcción de vivienda popular, la educación, la salud, el transporte, las comunicaciones, etc.) Así como de la privatización de los recursos naturales rurales que tradicionalmente han sido bienes comunes (aguas de ríos y acuíferos, bosques, aire, biodiversidad, saberes tradicionales).

La privatización de los servicios ambientales ligados a la reproducción de la tierra y el agua del campo se complementa hoy con la privatización de los servicios de distribución urbana del agua y la energía, de construcción de la vivienda, de recolección y procesamiento de la basura, de impartición de la educación y la salud, de acopio y distribución de alimentos en los mercados, etc.

 

4. El colapso socioambiental y estallido del descontento

Estas formas extremas de acumular y urbanizar redundan en una exclusión cada vez más amplia del derecho de los ciudadanos sobre el espacio en el que viven, así como en una expropiación de los bienes y servicios vitales; pero también en una violación sistemática del derecho al lugar en que se trabaja, sea mediante la imposición de planes rurales de ordenamiento territorial, mediante la manipulación autoritaria de los usos de suelo urbano y la precarización de las condiciones de trabajo. Todo esto a su vez dispara no sólo una oleada de leyes maquilladas, de reformas constitucionales completas y la emisión de leyes especiales, sino también un tsunami de corrupción de numerosas instancias ejecutivas, legislativas y judiciales, en los tres niveles de gobierno.

Se propicia con ello una implacable segregación generacional que pone a decenas de miles de niños y jóvenes indefensos a mendigar en las calles, mientras ancla a otro sector gigantesco de jóvenes sin oportunidades educativas y laborales dentro de los hogares paternos. Lo que condena a las nuevas generaciones a carecer de espacios de desarrollo, oportunidades y expectativas. Sin embargo, esta exclusión también le ocurre con mucha severidad a los grupos cada vez más numerosos de la tercera edad, que después de una larga vida de trabajo no disponen de fondos de ahorro para su jubilación, ni de servicios de seguridad.

A ello se añade la falta de fuentes de empleo que, de igual modo, responden a la creciente prohibición policíaca en contra del comercio informal callejero y en favor de las cadenas transnacionales que asaltan y quiebran la pequeña y mediana industria y comercio.

Esta destrucción se acompaña de la proliferación de la economía criminal, la extorsión policíaca del comercio informal, la creación de ámbitos habitacionales insustentables y carentes de espacios colectivos, así como de la imposición de cada vez más instalaciones riesgosas (basureros, incineradores, centros comerciales, las gasolineras, libramientos o supercarreteras -que deforestan los últimos bosques-), sin importar a las empresas y autoridades los derechos ni las protestas de los afectados.

Los actuales procesos de desarrollo urbano configuran un asalto sistemático de los diversos tipos de espacios vitales, económicos, sociales y políticos. Asalto que produce una descomposición general de la convivencia social dentro de las urbes y una masificación de la delincuencia, que va del robo generalizado a la tortura y los asesinatos seriales y las violaciones sexuales de cada vez más mujeres y niños, así como a una guerra más cruenta entre bandas del narcotráfico y la economía criminal. Destrucciones a las cuales se suma un deterioro galopante de la salud de los habitantes urbanos, que se ven obligados a respirar un aire cada vez más nocivo, a beber una agua cada vez más envenenada, a escuchar un ruido ambiental cada vez más estresante, a mirar un paisaje urbano cada vez más agresivo y deprimente, a comer alimentos cada vez más perniciosos, a hacer uso de servicios urbanos cada vez más precarios, etc.

Mientras las grandes empresas privadas constructoras de vivienda, asociadas con los grupos de poder político en turno, usan de manera alevosa los fondos públicos destinados a este rubro para especular y obtener ganancias obscenas, en el nuevo sexenio que se abre, la privatización de la deuda popular de la vivienda prepara la expulsión de cientos de miles de personas que no tienen la posibilidad de pagar a tiempo sus adeudos. Caos que se profundizará con la construcción de millones de nuevas viviendas en los entornos de las megaurbes de México, incluso bajo la forma de ciudades completamente nuevas, creadas en lugares elegidos de forma arbitraria.

No es casual que estallén en las “modernizadas” ciudades mexicanas cada vez más conflictos sociales ligados a la exclusión de pequeños y medianos comerciantes que ven cerrar sus centros tradicionales de venta por la imposición de malls transnacionales en ciudades como Cuernavaca, Teotihuacán, Amecameca, Jojutla o San Salvador Atenco. Conflictos por la modernización destructiva de los centros históricos de las ciudades coloniales como Oaxaca o Puebla; por la aparición de peligrosos corredores de injusticia ambiental en torno de los centros industriales como Cosoleacaque, Minatitlán, Coatzacoalcos, Orizaba, Apizaco, Salamanca, El Salto Jalisco; por la privatización, el emplazamiento abierto y la amenaza de instalación de mega basureros urbanos en el bordo de Xochiaca, Tlanepantla, Tecámac y Ecatepec en el estado de México, Alpuyeca en Morelos, Tampico, Anenecuilco, Puerto Peñasco o Santa Ana Xalmimilulco, Puebla, en la frontera de Sonora y Estados Unidos; por el emplazamiento de depósitos clandestinos de sustancias químicas como en Perote u otra vez Alpuyeca. Conflictos que también han crecido por la desecación que las megaurbes y centros industriales hacen de las cuencas del río Cutzamala, el río Lerma, el Amacuzac en Morelos, el río Prieto en Puebla, etc., por la expropiación que los centros comerciales hacen de los lugares comunitarios y recreativos como en el Cerrito de Naucalpan; por el robo de agua a comunidades campesinas y pequeños pueblos que realizan clubes de golf como los de Huixquilucan o por el robo de agua que hacen las industrias automotriz a Ocotlán y las industrias cementeras y grandes unidades habitacionales tanto en el norte de la ciudad de México como en el sur de Cuernavaca, o por el robo de tierras, aguas y bosques que otras empresas urbanizadoras también hacen en el norte de la ciudad de México (en Ocotlán, que está en las inmediaciones de Puebla) o bien numerosos pueblos que se encuentran entre Chalco y Nepantla; por la apertura irregular de numerosas gasolineras en Cuautla, Cuernavaca, Jalapa, Morelia, Tuxtla, Mérida, Chalco, Ciudad Nezahualcóyotl; por la privatización consumada de los organismos operadores de agua en Aguascalientes, Saltillo, Cancún, Puebla, Acapulco, etc; por el intento de avanzar en estos mismos procesos de privatización en Guadalajara, o bien por el desmantelamiento de los sistemas independientes y autogestionados de agua en Tulpetlac en el Estado de México, en Xoxocotla y Cuautla, en Morelos, o en pueblos de los valles centrales de Oaxaca, como San Antonino.??Ante este asalto solapado por las autoridades emerge el amotinamiento o el franco estallido de grandes conflictos urbanos como los vividos en 2006 en los pueblos y ciudades como Lázaro Cárdenas, San Salvador Atenco, Alpuyeca, Cuernavaca, Cuautla, pero sobre todo en la ciudad de Oaxaca. Todos ellos son situaciones donde la población, para rebelarse contra los numerosos agravios cometidos por el gobierno estatal, se ve en la necesidad de ocupar el espacio de todas las calles de la ciudad construyendo entre 1500 y 3000 barricadas. Todos, conflictos que se movilizan por diversos motivos casi siempre políticos, laborales o ambientales, pero en el fondo alimentado, por el severo malestar que acumula el dislocamiento integral, ecológico, económico, social y político de las crecientes y desordenadas ciudades mexicanas.

 

5. Necesidades de investigación colectiva

Dentro de este desorden creciente, frente a los estallidos de descontento y resistencia social o junto con los esfuerzos de gestión comunitaria, los grandes centros de estudio e investigación superiores brillan por su ausencia. La transformación de los planes de estudio, el desarrollo de programas de investigación enfocados a apoyar a la iniciativa privada, la privatización progresiva de la enseñanza, la promoción de patentes entre los investigadores, la sistemática erosión de principios éticos para el cuidado de los bienes comunes, etc., han terminado por alejar la mayor parte de nuestros centros de enseñanza superior del compromiso real con los principales problemas socioambientales del país.

Alejamiento que contrasta con la infinidad investigadores, profesores y estudiantes que hoy podrían responder con reciprocidad a esa sociedad que es justamente la que ha financiado la existencia y el desarrollo de estos centros. Estudiantes, profesores e investigadores que podrían responder sin ánimo de lucro realizando diagnósticos científicos de los problemas comunitarios, así como apoyando los diseños comunitarios de alternativas. Aprovechando con ello la valiosa oportunidad que representa poder trabajar junto con los saberes locales.

Hoy se vuelven necesarios y urgentes estudios interdisciplinarios que no sólo den cuenta de los efectos nocivos que las actuales formas de urbanización insustentable ejercen sobre la salud y el medio ambiente, sino que también contribuyan a generar propuestas de solución que ayuden a la sociedad a remediar los peores efectos de la urbanización acelerada. Diagnósticos y alternativas que las diversas organizaciones sociales y ciudadanas, así como los gobiernos locales y regionales podrían tener seriamente en cuenta.
Sin pretender agotar la descripción de posibles modos de convergencia interdisciplinaria, y tan sólo teniendo en cuenta nuestra experiencia a modo de un ejemplo, pensamos que dentro de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad se podrían alentar diversas formas de cooperación y convergencia profesional.

Realizando estudios médicos, epidemiológicos y toxicológicos destinados a consignar la forma en que ha ocurrido el deterioro de la salud de quienes viven en los grandes núcleos urbanos, muy especialmente en los corredores de injusticia ambiental, así como para diseñar alternativas comunitarias para el tratamiento de los enfermos ocasionados por la injusticia ambiental.

Los ciudadanos afectados requieren adicionalmente de químicos y biólogos que ayuden a identificar las fuentes más peligrosas de contaminación. Los geohidrólogos pueden ayudar a identificar el estado de degradación y escasez en que se encuentran las reservas subterráneas de agua y sus impactos sobre el suelo urbano y rural. Si bien se necesita igualmente de ecólogos que expliquen y prevengan la sinergia en los procesos de degradación que se acumulan en las ciudades, ocasionando la destrucción de variados ciclos naturales. Profesionales que también pueden auxiliar en la construcción de alternativas para la limpieza del aire de las ciudades, el manejo de los recursos hídricos o la basura.

Los economistas pueden auxiliar, entre otras cosas, no sólo en la descripción preventiva de las dinámicas de acumulación de capital que imponen procesos de destrucción socioambiental, sino también calculando (cuando es posible) los costos reales (cualitativos y cuantitativos) que implica la remediación de lo dañado o lo perdido. Los sociólogos y antropólogos pueden ayudar a comprender cómo la ruptura de los tejidos comunitarios lleva a la destrucción de los mecanismos de solidaridad ambiental. Los politólogos pueden ayudar a las comunidades a dar seguimiento de políticas públicas, así como a comprender la anatomía de la corrupción de funcionarios y partidos políticos que gestionan y retroalimentan el caos, para evitar yerros autodestructivos en los periodos electorales. Los geógrafos, urbanistas y arquitectos, también pueden ayudar a comprender la desfiguración espacial y de los modelos de urbanización salvaje.

Entre tanto, los abogados resultan indispensables para el conocimiento de las leyes y normas que actualmente erosionan y cancelan los derechos ciudadanos, así como las telarañas burocráticas que apuntalan la corrupción jurídica e institucional de esta guerra en contra de la población.

Pero los sociólogos, los antropologos, los juristas y los politólogos también pueden auxiliar en la reorganización de la seguridad de los barrios, mientras los urbanistas y arquitectos pueden ayudar en la reconstrucción de un equipamiento que verdaderamente esté al servicio de la vida y el crecimiento comunitario. Y es aquí donde los psicólogos bien pueden contribuir en la reconstrucción de la salud mental y emocional de las destruidas comunidades urbanas, etc.

Razón por la cual son bienvenidos dentro este módulo de investigación interdisciplinaria especialistas de las más diversas disciplinas sociales, técnicas, así como de las llamadas ciencias naturales. Amplia tarea que requiere de la cooperación de vastos grupos de investigadores dispuestos a poner sus conocimientos al servicio de los ciudadanos.

Un grupo interdisciplinario de investigadores de la UCCS, conciente de esta problemática y estas posibilidades, ha abierto un módulo de trabajo sobre Urbanización no sustentable, el cual se propone la creación de un grupo científico e interdisciplinario que documente y analice los efectos generados por esta dinámica de urbanización desordenada. Lo que de entrada podría ayudar a colocar con rigor científico este importante tema en el centro de la opinión publica.

Durante el 2007 y 2008, el Programa ha iniciado la construcción de un expediente ambiental que concentra información de los diversos procesos de urbanización no sustentable en el país, con el fin de contar con elementos para el análisis y la generación de propuestas.

Para ello se ha avanzado en un reconocimiento de la crisis ambiental que se vive en algunas zonas urbanas de México, poniendo especial atención en el estudio de tres dinámicas metabólicas dentro de la megaurbe de la ciudad de México y su Hinterland, que tienden a incrementar el uso insustentable del espacio vital, así como de los recursos naturales y humanos estratégicos de la ciudad de México, de su corona de ciudades y de la ciudad de Guadalajara.

El núcleo inicial de trabajo de este módulo examina el metabolismo regional del agua. Lo que quiere decir, que se ha dedicado a reunir las diversas investigaciones existentes sobre el uso de los recursos hídricos de las principales cuencas que le dan vida a estas ciudades, los trasvases de los principales ríos, las infraestructuras y tipo de tecnología empleada, la contaminación de las aguas superficiales y profundas, la salud comunitaria, el flujo y destino de las aguas dentro de los circuitos metabólicos completos del agua que da vida a las urbes, la puntualización del uso y manejo irracional de este ciclo, las políticas públicas de servicios ambientales, el perfil de la legislación imperante, la participación ciudadana, los procesos de privatización de los organismos operadores e independientes de agua, la gestión administrativa y los conflictos sociales. Ello con el objeto de poder discernir si el modo de uso que nuestras grandes ciudades hacen del agua se aproxima peligrosamente o no a un límite catastrófico.

Un segundo problema urgente que también el metabolismo urbano de la basura, atendiendo los tipos de rellenos sanitarios existentes dentro de la Gran ciudad de México y en su corona de ciudades, así como los tiraderos a cielo abierto, los servicios municipales, las infraestructuras, la composición de la basura, la contaminación que produce, las dinámicas de la fauna nociva, la producción de gases de efecto invernadero, la salud vecinal, los circuitos metabólicos que sigue la producción y distribución de la basura, el tipo de tecnología en el manejo y reciclado, etc., la legislación imperante, la participación ciudadana, la privatización de los servicios municipales, la gestión administrativa y los conflictos sociales.

Como parte de esta investigación hemos comenzado un diagnóstico epidemiológico sobre los impactos en la salud que un enorme tiradero a cielo abierto ha producido en la comunidad de Alpuyeca, Morelos. Estudios que deberán complemantarse con posteriores estudios sobre la contaminación del suelo y metodologías efectivas para la biorremediación del lugar.

También hemos identificado el emplazamiento de la llamada vivienda de interés social y la agresiva expansión los nuevos centros comerciales de la ciudad de México y su corona de ciudades (dedicando especial atención a la verdadera demanda popular de vivienda que no es atendida por esta fiebre urbanizadora, a la especulación inmobiliaria, a la transformación arbitraria del uso de suelo, a la carencia de equipamiento urbano, a la privatización de la industria de la construcción, a la depredación de acuíferos y contaminación de ríos que implica este modo de urbanizar, al bloqueo de la recarga de acuíferos, a la promoción de la telefonía celular y emplazamiento de las riesgosas torres de emisión de señales en el corazón de las zonas habitacionales, a la supresión de los espacios comunitarios (escuelas, iglesias, plazas públicas, mercados populares, parques, centros deportivos, centros culturales, etc.), a la conversión de las calles en espacios de uso privado, etc.)

Sin embargo, la vida urbana se basa no sólo en el metabolismo del agua, la basura y la vivienda, sino también en un metabolismo de alimentos y materiales, de transportes y comunicaciones, energético (de hidrocarbuos, eléctrico, etc.), químico, atmosférico y climático, pero también en el metabolismo creado por el movimiento de diversos seres vivos (aves, fauna doméstica y callejera, fauna nociva y agentes biológicos, patógenos) y población migrante.

Nuestro interés por investigar los ciclos metabólicos que entretejen la relación de la ciudad con el campo pretende fomentar una reflexión sistémica y dinámica del comportamiento actual de nuestras ciudades, explorando las vulnerabilidades y los callejones sin salida en los que se han metido las actuales formas de urbanización extremadamente desordenada y desregulada, promovida durante las últimas décadas. Dinámicas cuyas potencialidades catastróficas no parecieran estarse valorando de modo integral y crítico por casi nadie, a pesar de que el despliegue de redes de relaciones y metabolismos irracionales extremadamente peligrosos crece día con día.

La manera en que nos aproximarnos al problema del agua, la basura y la vivienda nos ha permitido adquirir colectivamente una conciencia procesal de sus ciclos, así como una visión compleja (no lineal) de todos los factores que determinan y dependen de estos metabolismos. Esto nos permitió contrarrestar la acostumbrada visión inmediatista, pragmática, meramente funcionalista, pero sobre todo depredadora que los habitantes de la gran ciudad y sobre todo sus administradores tenemos de los recursos, servicios y problemas de los que depende la vida de la ciudad.

Vida literalmente enfrascada dentro de la botella del bienestar urbano que fomenta mirar ilusoriamente todos los recursos y problemas desde el punto de vista funcional de los servicios, lo que sólo entrega una visión consumista y segmentada de ella. Forma viciada de ver las cosas que se ha exacerbado particularmente durante el neoliberalismo, por la forma en que ha impuesto durante los últimos 25 años en todos los planos de la vida de las ciudades la privatización de cada uno de los servicios urbanos estratégicos.

La forma procesal e integral de abordar y entender las cosas favorece inmediatamente la formación, la reconstrucción o la reafirmación del conocimiento científico y de los saberes autogestivos integrales. Tareas tanto más urgentes por cuanto la mayor parte de la población y los principales urbanistas que reflexionan críticamente sobre nuestros actuales colosos urbanos, extrañamente asumen con mucha pasividad la idea de que el actual desarrollo neoliberal de las ciudades (con los catastróficos males ambientales que ello trae consigo) es una surte de destino inevitable e inmodificable.

El Programa de urbanización de la UCCS pretende entonces ubicar críticamente las dinámicas más complejas y caóticas de la vida urbana, así como las posibles sinergias que se están formando entre los diversos metabolismos irracionales.

Por lo mismo, consideramos que nuestros estudios sobre los metabolismos del agua, la basura y -en tercer lugar- la vivienda son sólo una manera iniciar e invitar a la construcción de un espacio de reflexión abierto e interdisciplinario dedicado a reconstruir entre muchos la forma compleja en que está ocurriendo la destructiva convergencia de numerosos dislocamientos urbanos, mediante el intercambio de información y el diálogo entre variadas investigaciones que desde un espíritu crítico afín estén indagando aquellos otros metabolismos cruciales.

El objetivo más importante y ambicioso del Programa está en la futura reflexión crítica sobre la manera en que todos estos flujos metabólicos ya podrían estar convergiendo en dirección al colapso mismo de la vida urbana. Si bien, es importante aclararlo, estos estudios también podrían dar cabida a otra reflexión crítica sobre un modo virtuoso, sustentable, no contradictorio y alternativo de converger de todos estos metabolismos estratégicos entre el campo y la ciudad.

Andrés Barreda, Coordinador del Programa de Urbanización, Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad.