México se sube a la ola contra el glifosato

Durante tres décadas, por lo menos, la sustancia química bautizada como glifosato, ingrediente activo de muchos herbicidas, entró a México sin ningún tipo de restricciones. Eso cambió hace unos días. A finales de noviembre, las puertas se cerraron para este producto cuando las autoridades ambientales del país negaron la importación de mil toneladas.

Esta es la primera vez que México pone en práctica el “principio precautorio” para detener la entrada al país de un plaguicida, al considerar que existe un “riesgo alto” de que su uso pueda generar un daño al medio ambiente y a la salud.

Las importaciones de glifosato estarán vetadas, además, “hasta que existan los elementos e información científica contundente” que garantice un uso seguro, de acuerdo con un comunicado de la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat).

El glifosato es un ingrediente activo presente en más de 750 productos que se utilizan como herbicidas en la agricultura intensiva, pero también en el sector forestal, en la jardinería e, incluso, entre pequeños productores.

 

 En los últimos años, distintas investigaciones científicas han alertado que esta sustancia química —patentada por Monsanto a mediados de la década de los años setenta— tiene efectos nocivos en la salud de los seres humanos, pero también en diferentes especies, entre ellos los polinizadores. Además, en Estados Unidos hay demandas judiciales de personas que padecen cáncer y que culpan al herbicida Roundup, el cual tiene como ingrediente activo el glifosato y es comercializado por Bayer, empresa que en 2018 compró a Monsanto.

En junio de 2015, se incluyó el glifosato en la lista internacional de plaguicidas altamente peligrosos. Países como Sri Lanka lo han prohibido en todos sus usos. Mientras que en julio pasado, Austria determinó dejar de comercializarlo a partir de enero de 2020. Otras naciones europeas analizan medidas similares.

En México, la negativa a otorgar más permisos para importar glifosato es un primer paso para que el país atienda las recomendaciones de los científicos —que han documentado los efectos negativos de los plaguicidas— e incluso de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH).

A finales de 2018, la CNDH emitió una recomendación a la Semarnat y otras dependencias gubernamentales para que realice un diagnóstico sobre el estado actual de contaminación de suelos y agua superficial y subterránea por plaguicidas; revise y actualice las normas oficiales mexicanas sobre estas sustancias y prohíba en forma progresiva los plaguicidas que son considerados altamente peligrosos.

 

Un catálogo amplio

En México aún está permitido el uso de 140 ingredientes activos de plaguicidas que están prohibidos en otros países; de ellos, 111 están catalogados como sustancias químicas altamente peligrosas de acuerdo con la revisión de los investigadores que participaron en el libro Los plaguicidas altamente peligrosos en México, coordinado por Fernando Bejarano González y publicado en 2017.

Estos ingredientes activos están presentes en más de 3000 presentaciones comerciales como insecticidas, herbicidas, fungicidas y fumigantes, principalmente para su uso agrícola; aunque algunos de ellos también se utilizan en el sector forestal, en la industria, en actividades de jardinería y a nivel doméstico.

Fernando Bejarano, quien es director de la Red de Acción sobre Plaguicidas y Alternativas en México (RAPAM), explica que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) consideran como “altamente peligrosos” a los plaguicidas que presentan una o más de las siguientes características: toxicidad aguda alta, toxicidad crónica y cuyos ingredientes activos muestran una alta incidencia de efectos adversos irreversibles o severos en la salud o en el ambiente.

El uso de estas sustancias se incrementó a partir de la década de los setenta y su presencia se ha extendido, en especial en la agricultura intensiva, a tal grado que “ya vemos como normal que se apliquen estos químicos para controlar plagas, cuando la realidad es que se trata de productos peligrosos”, resalta Bejarano.

Entre los 140 ingredientes activos que aún se comercializan en México, pese a estar prohibidos en otros países, hay sustancias que la evidencia científica muestra que causan cáncer, que provocan problemas en la reproducción o que son perturbadores hormonales, por señalar de algunos de sus efectos a la salud humana.

Si se habla de daños al medio ambiente, resalta Bejarano, hay 82 de los 140 ingredientes activos que aún se comercializan en México que son tóxicos para las abejas y 13 que tienen impactos negativos en especies acuáticas.

“Se requiere una estrategia de transición hacia formas alternativas de control de plagas; se tendría que dar prioridad a las alternativas agroecológicas”, dice Bejarano.

Además de la negación de los permisos de exportación de glifosato, a principios de noviembre de este año, el Gobierno mexicano publicó un decreto para detener la importación de 17 plaguicidas cuyo registro sanitario también fue cancelado.

Bejarano resalta que la mayoría de esas 17 sustancias ya no se comercializaban, porque sus fabricantes ya las habían retirado del mercado. “Esta es una buena medida —dice—, pero es insuficiente, porque aún hay muchas sustancias a las que se les tendría que cancelar el registro sanitario”.

 

Polinizadores en riesgo

Los plaguicidas han llamado la atención de científicos de múltiples disciplinas. Desde los años setenta se estudian sus efectos en la salud de los humanos. Y cada vez más se analizan los efectos que estas sustancias provocan en los ecosistemas y en especies específicas, sobre todo a partir de que se comenzó a observar lo que se ha llamado el «colapso de las colmenas».

Las abejas, al igual que abejorros y otras especies como los colibríes, ayudan a los procesos de polinización de diferentes plantas, por lo que son vitales para que se produzcan flores y frutos. El investigador Rémy Vandame, especialista en abejas nativas de América, escribe en el libro Los plaguicidas altamente peligrosos en México que 35 % de la producción mundial de cultivos dependen de polinizadores como las abejas.

Los polinizadores son esenciales para que árboles como los manzanos, cerezos o almendros puedan producir sus frutas. O para que se pueda producir la semilla de la cebolla, la zanahoria, el pepino, el tomate, el melón, la calabaza y otros.

“Desde los años ochenta —escribe el investigador en el libro— se viven fenómenos cada vez más importantes de debilitamiento o mortalidad de las colmenas de abejas […] Uno de los factores es la exposición de las abejas a los productos químicos usados en la agricultura, en especial los insecticidas”. En Europa y Estados Unidos es donde más se ha documentado la muerte de abejas; en estas regiones se calcula que cada año mueren entre el 30 y 50 % de las colonias.

El etólogo Rémy Vandame señala que además se ha documentado que algunas de estas sustancias provocan alteraciones en la navegación y orientación de estos insectos.

La doctora en ecología María del Coro Arizmendi, por su parte, explica en una entrevista que ya existe evidencia científica de que los plaguicidas afectan no solo a las abejas, sino también a otros polinizadores como abejorros y colibríes.

En el caso de los colibríes, la investigadora cita un reciente estudio publicado en Science en donde se demuestra que los neonicotinoides, cuyo uso está muy extendido, se acumulan en sus tejidos, “es decir, también se están envenenando”.

Arizmendi, quien forma parte de la Campaña Norteamericana para la Protección de Polinizadores, apunta que “si seguimos utilizando los plaguicidas al ritmo en que se está haciendo, vamos a tener problemas con la diversidad de polinizadores y con cultivos importantes para la dieta de los mexicanos como el jitomate, el chile y el frijol”.

 

Peces que dejan de ser “atractivos”

La Red Internacional de Plaguicidas ha propuesto que para considerar la peligrosidad de un plaguicida no solo se tome en cuenta sus efectos en la salud humana, sino que también se sumen indicadores como su toxicidad para las abejas, si son persistentes en agua y suelos, si son tóxicos para organismos acuáticos y si son bioacumulables, es decir, pueden concentrarse en los organismos a través de la cadena trófica.

Investigadores mexicanos, como el doctor Omar Arellano-Aguilar, especialista en ecotoxicología, ha documentado efectos de insecticidas en especies acuáticas. Por ejemplo, encontraron que peces endémicos, de la familia Goodeidos, cuando en su etapa prenatal son expuestos a concentraciones del insecticida metilparatión presentan cambios morfológicos, es decir, no se desarrollan de manera adecuada, ya que sus aletas son más pequeñas y tienen menos brillo. Eso provoca que durante su etapa adulta, estos peces no se reproduzcan porque no son tan atractivos para las hembras.

“Estos insecticidas podrían estar alterando muchas otras cosas, incluyendo la parte conductual. Con el paso del tiempo, estas sustancias podrían afectar la supervivencia de especies de peces mexicanos y de otros más”, explica Arellano-Aguilar.

El especialista también participó en una investigación que documentó la presencia de plaguicidas organoclorados en ríos del Valle de Culiacán; así como en lagunas costeras. Ahí encontraron rastros de sustancias como el DDT, cuya comercialización está prohibida en México desde finales de la década de los noventa, lo cual muestra la persistencia de estas sustancias en el ambiente.

Durante muchos años, apunta el investigador de la UNAM, el gobierno mexicano ha autorizado de manera indiscriminada los permisos de importación, comercialización y elaboración de sustancias químicas altamente peligrosas, sin tomar en cuenta sus efectos en la salud humana y en diferentes especies.

Arellano-Aguilar es uno de los científicos que ha impulsado que México tenga normas más estrictas para el control de las sustancias químicas altamente peligrosas. Negar los permisos de importación del glifosato, dice, es un primer paso para que el país transite a la agroecología.

En estados como Yucatán o Sinaloa —asegura Arellano-Aguilar— ya hay iniciativas de agricultores que están sustituyendo las sustancias químicas altamente peligrosas por productos orgánicos.

Para que la agroecología tome un papel más protagónico —coinciden Fernando Bejarano y Arellano-Aguilar—, además de parar las importaciones de estas sustancias y cancelar los registros sanitarios de aquellas que ya están prohibidas en otros países y que son consideradas como altamente peligrosas, se requiere destinar presupuesto para la capacitación de agricultores y mostrarles que hay otras alternativas para el control de plagas, alternativas que no ponen en riesgo la salud humana ni el futuro de otras especies como los polinizadores.

 

Citación:

Guyton, K. Z., Loomis, D., Grosse, Y., El Ghissassi, F., Benbrahim-Tallaa, L., Guha, N., … & Straif, K. (2015). Carcinogenicity of tetrachlorvinphos, parathion, malathion, diazinon, and glyphosate. The Lancet Oncology, 16(5), 490-491.

Balbuena, M. S., Tison, L., Hahn, M. L., Greggers, U., Menzel, R., & Farina, W. M. (2015). Effects of sublethal doses of glyphosate on honeybee navigation. Journal of Experimental Biology, 218(17), 2799-2805.

Sabarwal, A., Kumar, K., & Singh, R. P. (2018). Hazardous effects of chemical pesticides on human health–Cancer and other associated disorders. Environmental toxicology and pharmacology, 63, 103-114.

Arellano-Aguilar, O., & Macias Garcia, C. (2008). Exposure to pesticides impairs the expression of fish ornaments reducing the availability of attractive males. Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences, 275(1640), 1343-1351.

 

Artículo publicado por Thelma Gómez | es.mongabay.com