Las abejas, un insecto social, en riesgo por los insecticidas

Rémy Vandame y Eric Vides Borrell

Los apicultores del sureste de México y de otras partes del mundo se han convertido en lanzadores de alarma sobre la situación del medio ambiente, ante la afectación de los insecticidas y cultivos transgénicos a su actividad productiva. Su fuerte movilización ha resultado en Campeche, hace pocas semanas, en la cancelación del permiso acordado a la siembra de soya transgénica.

Para entender, hay que partir de la ecología de las abejas, en particularApis mellifera, la productora de miel que permite a México ser el tercer exportador mundial de este producto. Se trata de un insecto social, que vive en colonias de hasta 50,000 individuos. Las obreras salen de la colmena para visitar flores en la búsqueda de néctar y polen, como fuentes de azúcares y proteínas. Cuando hay muchos de estos recursos se quedan cerca de las colmenas, a unos cientos de metros pero, en caso de escasez, pueden volar lejos, comúnmente a 5 o 6 km, cubriendo entonces superficies de varios miles de hectáreas.

Al cubrir un territorio tan grande las abejas escapan al control de los apicultores y esta situación tiene implicaciones positivas. Los consumidores pueden disfrutar distintos tipo de miel, según el entorno, desde la miel mantequilla del altiplano hasta las mieles de mangle de las costas y la miel de cafetales de las sierras. Este rasgo también permite que las abejas polinicen las plantas silvestres manteniendo su biodiversidad y las plantas cultivadas, con lo que contribuyen a una gran proporción de la productividad agrícola.

Sin embargo, este largo rango de pecoreo coloca a las propias abejas y a los apicultores también en un situación de vulnerabilidad. Al visitar miles de hectáreas, las abejas están expuestas a todas las prácticas humanas como la exposición a los agroquímicos y cultivos transgénicos.

Desde los años 80s, se viven fenómenos cada vez más grandes de debilitamiento o mortalidad de las colmenas de abejas; en los Estados Unidos esto fue llamado CCD (síndrome de colapso de las colmenas, por sus siglas en inglés), y en Europa, se acaba de cuantificar que en ciertos países hasta 40% de las colmenas de abejas mueren anualmente. Si bien varios factores están involucrados, uno de los más importantes es sin duda la exposición de las abejas a los químicos usados en agricultura, en particular los insecticidas.

En Europa los apicultores se han movilizado fuertemente para buscarla suspensión de la autorización de insecticidas neonicotinoides, que se han vuelto entre los más usados en los últimos quince años. Han logrado su suspensión a escala de la Unión Europea (UE), por dos años, un hecho histórico. En México, se hacen muy pocas investigaciones en toxicología de abejas y, sin embargo, se multiplican los casos de su mortalidad repentina, como en febrero 2012, cuando murieron varios miles de colmenas en Campeche, o en Chiapas, cuando cada año, los apicultores reportan la baja de apiarios enteros. Existen sin duda fenómenos de mortalidad importantes, poco conocidos y estudiados, que requerirían importantes recursos humanos y financieros para ser investigados a la altura que merecen la agricultura y la biodiversidad en México.

Por otro lado, desde hace más de una década, los cultivos transgénicos son un tema de debate en México, considerando que el cultivo de maíz transgénico no debe permitirse en el país que es el centro del origen del maíz, por el riesgo que haría correr a esta planta de importancia histórica, cultural y agrícola.

De repente en 2011, los apicultores aportaron una luz muy particular al debate. Resultó que la UE decidió que toda miel con cierto nivel de polen de cultivos transgénicos debería señalar este particular contenido en el etiquetado. Parecía entonces que se iba a impedir la exportación de miel de todo el sureste de México, donde se traslapan los municipios de mayor importancia apícola con las áreas de creciente siembra de soya transgénica. En realidad, la decisión de la UE es de difícil aplicación por falta de estandarización de las técnicas de análisis, pero en la práctica, los compradores europeos de miel mexicana siguen exigiendo que ésta se encuentre libre de polen transgénico. Esto abre una ventana grande de oportunidad para México: hoy es posible volverse el mayor país exportador de miel libre de transgénicos, algo que es ya imposible para China y Argentina, los países que le superan en exportaciones.

El caso ha metido a los apicultores del sureste en una dinámica impresionante de defensa de su actividad productiva, aglomerando alrededor de su causa a una gran diversidad de actores (ONGs, cooperativas, empresarios, academia, etc.) preocupados por los derechos humanos y el medio ambiente. Esto resultó en siete demandas de amparos, en los juzgados de cuatro estados, Chiapas, Campeche, Yucatán y Quintana Roo. En Campeche, hace pocas semanas, el juez otorgó el amparo a dos comunidades mayas, considerando que no se había respetado el derecho a la consulta de los pueblos indígenas previsto en la Constitución y se habían violado las normas al desoír las opiniones desfavorables y sin embargo vinculantes del INE, la Conabio y la Conanp, respecto a este cultivo. Esta sentencia probablemente será seguida de otras similares, a favor de comunidades y empresas sociales, reforzando la cancelación del permiso acordado al cultivo de soya transgénica.

Esta situación atrajo las primeras investigaciones científicas, lideradas por diferentes investigadores de Ecosur desde 2012, mostrando la realidad de la presencia de polen transgénico en la miel (ver gráfica). Se generaron ya varias agendas de investigación en torno a los procesos de deforestación, contaminación de aguas subterráneas y potables, perdida de biodiversidad o cambios en las relaciones de poder en torno a la tenencia de la tierra. En otras palabras, se están iniciando investigaciones en torno a la agricultura intensiva y sus consecuencias, prometiendo generar insumos únicos para las próximas decisiones colectivas.

Los apicultores, al ser testigos, beneficiarios y víctimas a la vez de lo que pasa en el inmenso territorio visitado por sus abejas, ponen en la plaza pública una serie de preguntas que levantan y exigen un debate público, que en realidad debió preceder a toda decisión en cuanto al modelo agrícola.

Producir alimentos significa sostener a la humanidad, contribuir a una sociedad justa e incluyente, restaurar y preservar el medio ambiente en toda su funcionalidad y su belleza. Son misiones demasiado importantes para que sus devenires sean definidos sin involucrar realmente a todos los actores. Además de las instituciones de gobierno y de las corporaciones, que de por sí participan a las decisiones, se requiere involucrar a toda la población, en particular a la campesina e indígena.

Los apicultores, sin quererlo, han provocado que el debate en torno al modelo agrícola, con sus dimensiones humanas y ambientales, se dé verdaderamente en el espacio público.

Ecosur y otras instituciones académicas tienen un papel clave en este proceso: en la medida de los escasos recursos que le son otorgados, documentar el debate y alimentarlo con datos duros y verificables, sin falsa neutralidad, y con la mayor claridad posible.

 

* El doctor Rémy Vandame es investigador del Departamento de Agricultura, Sociedad y Ambiente de Ecosur y Eric Vides es estudiante del Doctorado en Ciencias en Ecología y Desarrollo Sustentable de ECOSUR. remy@ecosur.mx erviboro@gmail.com

El Colegio de la Frontera Sur (www.ecosur.mx). Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad (www.uccs.mx