Cada vez más lejos de la soberanía alimentaria

Mariana Benítez Keinrad

Actualmente México importa cerca de una tercera parte del maíz que consume, grano que, como es bien sabido, es parte fundamental de la alimentación, la cultura y la forma de vida de los mexicanos. Este hecho, aunado a los aún impredecibles efectos del cambio climático en los cultivos, preocupa, con razón, a quienes ven por la soberanía alimentaria de nuestro país.

¿Qué medidas hay que tomar para garantizar el abasto de maíz y otros alimentos básicos en México? Ésta es una pregunta que debiera quitar el sueño a los diversos actores involucrados en la problemática. Recientemente, hay quienes han propuesto la siembra de maíz transgénico en México como una posible respuesta. Sin embargo, como se discutirá abajo, pensar que a quienes proponen la siembra de maíz transgénico en nuestro país les preocupa la soberanía alimentaria es tal vez ingenuo. Más aún, como numerosas organizaciones sociales y campesinas, así como organizaciones ambientalistas y de científicos lo han hecho notar, la siembra de maíz transgénico en México representa muchos más riesgos que posibles beneficios y responde únicamente a intereses económicos de ciertos grupos muy reducidos.

El maíz transgénico es producido mediante técnicas de ingeniería genética que permiten insertar en su ADN (molécula clave para herencia genética) trozos del ADN de otras especies de seres vivos, por ejemplo de bacterias. Estas inserciones de ADN pueden conferir al maíz transgénico propiedades de interés agronómico, como la resistencia a ciertos gusanos herbívoros o a herbicidas que se usan en los cultivos. Si bien las técnicas que permiten desarrollar organismos transgénicos han sido de gran utilidad en la investigación científica básica, son técnicas con muchas incertidumbres asociadas y, por ello, sumamente arriesgadas en su uso a campo abierto y comercial.

No se sabe, por mencionar sólo un ejemplo, el efecto que tendría la contaminación de variedades nativas de maíz con los transgenes de las líneas transgénicas. Los posibles efectos de esta contaminación son motivo de preocupación en todo el mundo, pero principalmente en México, pues es aquí donde se originó y diversificó el maíz y donde se tiene el mayor número de variedades de maíz del mundo. Ponerlas en riesgo pone en riesgo la alimentación de todos pues estas variedades son las que, gracias a las prácticas agrícolas de los antiguos y actuales habitantes de México, están adaptadas para crecer en las más diversas condiciones climáticas y de tipo de suelo. Estas variedades son las que pueden devolver la soberanía alimentaria, y las que contienen la respuesta a posibles pestes y cambios en el clima, no el maíz amarillo transgénico de la trasnacional Monsanto.

El 8 de marzo pasado se aprobó la siembra piloto en Tamaulipas de este maíz. La siembra piloto es una siembra “de prueba” que precede a la siembra comercial. Sólo como referencia, actualmente hay en México 100 mil hectáreas de algodón transgénico en una etapa “precomercial”. Contrario a lo que se ha argumentado, la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO) reportó hace poco que en el norte del país, incluyendo Tamaulipas, se encuentran ampliamente distribuidas decenas de variedades criollas de maíz, por lo que el riesgo de contaminación es alto. La elección de Tamaulipas parece apropiada por otras razones, a saber, ¿quién se anima a actuar contra la siembra de maíz transgénico en este estado, prácticamente zona de guerra?

No sólo existen numerosas variedades criollas distribuidas en todo el país, sino que además se sabe que el polen del maíz puede viajar cientos de kilómetros y que las plantas de maíz pueden cruzarse aun estando a una gran distancia unas de otras. Como expresaron hace unos meses el exrector de UNAM José Sarukhán y sus colaboradores de la CONABIO en una de las dos revistas científicas más prestigiosas, no existen en México los mecanismos que impidan la contaminación de las variedades locales con los transgenes de las líneas de maíz transgénico.

¿Por qué no crear entonces estos mecanismos se preguntará el lector? Primero, es incierto que dada la promiscuidad del maíz estos mecanismos puedan, en principio, existir. Segundo, el maíz se originó en México a partir de una planta llamada Teocinte, planta pequeña con una única hilera de pequeños granos. Y el proceso a través del cual surgió el maíz, y a través del cual continúan adaptándose las variedades de maíz a las más adversas condiciones, es indisoluble de las prácticas de intercambio de maíz entre los agricultores de distintas regiones del país. Impedir el intercambio de variedades y la cruza de maíces de diferentes zonas detendría el proceso mismo que ha originado la diversidad de maíces que aloja México.

Se llega entonces a otro de los aspectos críticos de la siembra de maíz transgénico en México. Ya que las líneas de maíz transgénico están patentadas, su uso tendría como consecuencia una dependencia aún mayor de los agricultores mexicanos hacia las grandes agrocompañías. El maíz pasaría de ser parte del capital de los agricultores a ser uno de los insumos que deben adquirir cada temporada de siembra ¿bajo qué lente es que esto se traduce en autosuficiencia alimentaria?

Finalmente, la argumentación a favor de la siembra de maíz transgénico, cuyos abanderados suelen ser cabilderos con evidentes conflictos de intereses, está plagada de falacias. Como lo han mostrado los datos de años de siembra de maíz transgénico en EE.UU. y otros diez países, el maíz transgénico no tiene mayor rendimiento (el rendimiento depende de la variedad de maíz que se modifique genéticamente y de las condiciones climáticas) y no previene del uso de agroquímicos tóxicos pues contribuye al surgimiento de superplagas resistentes y al consecuente uso de más y más agroquímicos. Además, como lo mostraron los experimentos del investigador francés Gilles Eric Seralini (quien enfrentó una cruenta campaña de injustificado desprestigio, pero que finalmente ganó a Monsanto una demanda por difamación) los organismos de laboratorio alimentados con las líneas transgénicas de Monstanto presentaron graves daños a la salud, lo que pone en tela de juicio la inocuidad de estas líneas para el consumo humano.

¿Por qué entonces se promueve a estas semillas transgénicas como “semillas milagro”? ¿Por qué los medios masivos presentaron con gran entusiasmo la aprobación de siembras piloto de maíz transgénico y a priori dibujan como retrógradas e ignorantes a quienes se oponen a ellas? ¿A quién beneficia la siembra de maíz transgénico en México? Que el lector proponga su propia respuesta a estas preguntas.

Por ello, es urgente que la sociedad en conjunto se informe sobre los posibles e irreversibles daños sociales, ambientales y a la salud que conlleva la siembra de maíz transgénico (la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad, UCCS, ha hecho pública en su página web información al respecto: unionccs.org) y que actúe para evitarla y para promover alternativas agroecológicas que respondan a las necesidades del país, de los pequeños y medianos productores, al interés social, a la evidencia científica, a la sustentabilidad ambiental y, éstos sí, a la soberanía alimentaria.

marianabk@gmail.com

*La autora estudió la carrera de Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM; realizó la maestría en Dinámica no lineal y Sistemas complejos en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) y el doctorado en Ciencias Biomédicas en la UNAM. Actualmente labora en el Centro de Ciencias de la Complejidad, (C3), de la UNAM.