Empeora el crecimiento urbano sin control en el centro del país

Desde el sexenio pasado, sobre todo con la proliferación en la construcción de unidades habitacionales, carreteras, establecimiento de basureros y gasolineras, se acentuó el saqueo de recursos naturales y el desplazamiento de comunidades rurales en los estados aledaños al Distrito Federal, advierte la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad (UCCS).

Al presentar el volúmen denominado Crisis de sustentabilidad e injusticia socio ambiental en los procesos de urbanización del centro de México, señala que en las principales ciudades de México se ha dado esta crisis, entre otros aspectos, debido a la acumulación y convergencia de procesos de destrucción de recursos naturales, del crecimiento extremo de su población, del desempleo y marginación, de la ruptura neoliberal de los tejidos comunitarios y las normas de convivencia, así como de la alteración autoritaria del uso del suelo.

Sostiene que desde 2000 en el centro del territorio nacional se dio paso a una edificación masiva de casas de interés social, con lo cual se establecieron nuevos centros urbanos carentes de equipamiento y servicios comunitarios, como escuelas, centros de cultura y deportes, parques y mercados, pero sí se establecieron centros comerciales propiedad de trasnacionales.

También, indica, hay un desbordamiento del parque vehicular, así como de construcción de vialidades como carreteras, libramientos periurbanos, nuevas estaciones de gasolina y gas, además del incremento en la generación de aguas residuales y de basura. Esto último ha llevado a la proliferación descontrolada de tiraderos de basura a cielo abierto, la creación de gigantescos rellenos sanitarios privados y la promoción de incineradores de desperdicios.

Detalla que existen fusiones de ciudades como las de Puebla, Tlaxcala y Apizaco, que representan la cuarta mancha urbana más grande de México, así como entre Cuautla, Yautepec, Cuernavaca y Tepoztlán, en Morelos, además de otra más entre Toluca y ciudades no tan grandes como Atlacomulco, Tulancingo, Tula y Atlixco, también forman lo que denomina la corona del Distrito Federal. Todas estas ciudades, precisa, están en procesos descontrolados de gran crecimiento.

Más ciudades cerca de las grandes metrópolis

A esta corona de ciudades, refiere el texto, se suman pueblos más pequeños y municipios que no sólo rodean a la descomunal ciudad de México, sino a cada una de estas nuevas grandes metrópolis de la corona. Es así como se puede entender que mientras en la mancha central viven ya unos 22 millones de personas, en la corona se encuentran alrededor de 8 millones más.

En esta región, señala, es donde se sufre, en mayor extensión y de la peor manera, todas las dinámicas de sometimiento y destrucción que la ciudad ejerce sobre el campo. En esta inmensa corona también ocurre uno de los saqueos más virulentos de recursos rurales y servicios ambientales: aguas limpias, bosques, tierras fértiles, climas, biodiversidad y barrancas.

En el centro del país sigue ocurriendo, como hace cinco siglos, la expansión urbana a costa de las tierras campesinas e indígenas y de las condiciones naturales de vida de estos pueblos, en contra de todos los derechos de las comunidades nahuas, ñañus, mazahuas y tlahuicas del Distrito Federal y de los estados de México, Morelos, Puebla, Tlaxcala e Hidalgo. Precisa que situaciones similares se observan en Querétaro, Michoacán, Guanajuato y Jalisco.

Las zonas rurales se ven obligadas a ceder sus reservas milenarias de agua superficial y profunda, sus tierras agrícolas fértiles, sus bosques, sus humedales, su biodiversidad y sus conocimientos tradicionales al crecimiento urbano; a cambio reciben discriminación racial.

Considera que es importante observar que no sólo ocurre la progresiva destrucción del hábitat y del derecho de los ciudadanos rurales, sino también la progresiva destrucción de los habitantes mismos de las ciudades. Grupos de población, sobre todo los más indefensos y vulnerables, padecen severos colapsos sociales y ambientales, así como un deterioro alarmante de su salud, además se da una precarización de la calidad de la vida.

 

Angélica Enciso L.,  La Jornada,  Lunes 23 de febrero de 2009
Fuente:
La Jornada